Textos propios:  
 

Hablar de Arte es hablar del hombre. Hablar del hombre es hablar de cambios. Los que devienen de su naturaleza y le corresponde aceptar, y los que son hijos de su libertad y, por tanto, reclaman su responsabilidad y disponibilidad para asumir sus consecuencias.

Nuestra América no escapa a la regla. Su historia es de cambios profundos. De confrontación de su ser místico primitivo con otras culturas altamente elaboradas.

“Entre sangre y abrazos” tal vez sea un modo de definir este proceso.

Los cambios dan lugar al crecimiento, pero no se crece sin dolor.

El corazón se divide entre lo que irrenunciablemente ha vivido y el estremecimiento ante lo que está viviendo.

Encontrar y reconocer un tiempo supone un encontrarnos y reconocernos a nosotros mismos.

Los americanos nos hemos reconocido en el abrazo de dos mundos que ha hecho posible la diversidad y la riqueza de nuestra cultura. Es el encuentro del pie desnudo sobre la madre tierra y la palabra en tinta recostada en páginas puras.

Somos protagonistas responsables de nuestra historia, sorprendidos y pacientes, pero también de mirada ancha y profunda. El artista pone en la obra la síntesis perfecta de razón y espíritu, análisis e intuición.

En lo personal, sin duda Europa fue mi maestra, desde el medievo y los clásicos hasta los modernos sin perder el espíritu primitivo, visceralmente conjugado con la fe puesta en el Arte.

Es la palabra que, nacida europea, de algún modo renace americana.

Cuando el artista decide ser parte del cambio involucrándose en la formación de nuevas generaciones, debe tener claro por qué lo hace.

En primer lugar debe conservar el fuego encendido. Si la llama está viva, todas las dificultades son superables.

En segundo lugar, debe vivir positivamente la responsabilidad de trasmitir y mantener vivo el tesoro recibido de los Maestros. Cómo ha sido a través de la historia y cómo creemos que debe ser.

Sin duda estas consideraciones han estado presentes en la experiencia de los Maestros de todos los tiempos. Y en este tiempo, sobrecargado de imágenes, estamos tan obligados a formar a aquellos que crean imágenes como a aquellos que las contemplan.

A veces la imagen dice poco o no tiene nada para decir y, a veces, grandes obras, que lo dicen todo, no encuentran los ojos críticos que lo perciban.

Sin duda la formación artística es imprescindible para el artista, pero también lo es para el observador.

El hombre es “hacedor” y “observador” del Arte. Él ha observado con reverencia la obra primera de la Creación y se ha dispuesto a autotrascenderse para embellecerla con su Arte.

  Own Texts:  
 

Talking about Art is talking about Man. Talking about Man is talking about changes. Changes which arise from his nature, which he has to accept, and changes deriving from his freedom and, therefore, which claim for his responsibility to assume their consequences.

The Americas follow this rule. Their history is about deep changes: the confrontation of their primitive mystical being with other highly elaborate cultures.

“Between love and hugs” could be a way of defining this process.

Changes give place to growth… but there is no growth without suffering.

Our heart is divided into what we have lived and the shudder face to what we are living.

To find and recognize a time is to find and recognize ourselves.

We, born in the Americas, have recognized ourselves through two worlds´ hug that made the diversity and wealth of our culture possible. It is the meeting of the naked foot on the mother earth and Word in ink lying down in pure pages.

We are responsible protagonists of our history, surprised and patient, but also with a wide and deep look. The artist puts in the work the perfect synthesis of reason and spirit, analysis, and intuition.

No doubt Europe has been my master, since the Middle Ages and Classics to modern Art, including primitive spirit coupled with faith in Art.

It is the word which, born European, is somehow reborn American.

When the artist decides to be part of the change by getting involved with the formation of new generations, he has to be sure why he does it.

Firstly, he must keep the fire alive. If the flame is alive, every difficulty is overcome.

Secondly, he must live positively the responsibility of transmitting and keeping alive the treasure received from the Masters, as it was through History, and how we believe it has to be.

No doubt these ideas have been part of the experience of Masters of all times. And nowadays, overloaded with images, we are forced to train those who create images as well as those who contemplate them.

Sometimes images say little or have nothing to say, and sometimes great Works, which say it all, do not find critic eyes to perceive it.

No doubt artistic formation is essential for the artist, but it is also for the observer.

Man is the “maker” and “observer” of Art. He has observed with reverence the first work of Creation and has set himself to transcending it, to embellishing it with his Art.   

El hombre:   
 

En el principio el hombre fue creado como la obra de arte más bella, por el Artista perfecto Dios.

El hombre apartó su mirada de Dios, soltó la mano del creador y cayó , rompiéndose en mil pedazos.

Dios lloró mientras tocaba cada fragmento dejando caer sus lágrimas sobre cada uno de ellos.

Ahora el hombre todavía húmedo por las lágrimas de su Padre intenta volver a unir sus piezas para reconstruir su existencia.

Ahora sabe que debe hacerlo copiando la obra perfecta que es el Señor mismo, Jesucristo.

Será cuando otra vez fije su mirada en El Padre.

   José Gervasio Artigas.   
 

¿Uruguay o el pueblo que comparte la misma Sangre con Artigas ?

Hay un país sin fronteras.

Tan solo el agua y los pájaros dan una pista de él.

Su tierra va desde la que su padre Don José ve bajo las patas de su caballo y hasta donde alcanza su vista, más allá del horizonte.

Su bandera es el viento y su himno es el susurro del mar y a veces el silencio del campo.

Su pueblo es como su tierra, es de aquí y del más allá.

Los que no lo conocen lo buscan en el mapa, olvidándose de que solo su padre puede decirnos donde está, cómo es y que quiso enseñarle.

Una vez ese país se olvidó quien era, bajó su vista, tejió una bandera y escucho otros cantos, olvidándose de su padre.

Su padre dejó que se fuera y se retiró a esperar, a que volviera recostándose a la sombra del árbol eterno.

Hoy sus hijos siguen dispersos. ¿cuándo llegará el día en que regresen ?

Será el día que recuerden a su padre y él los guiará.

Deberán dejar sus bolsos y sus libros ajenos.

Deberán buscar el árbol de su padre si están dispuestos a aceptar que ese es el árbol eterno.

Entenderán entonces que ese árbol tiene sus raíces en el suelo pero su copa es del cielo.

Su padre los recibirá en su sombra y los arrullará otra vez con su canto más cercano desde lo más alto.

El caballo:   
 

Levantó su cabeza para mirarme, transmitiéndome como siempre, lo que tal vez solo ellos saben. Que nos respetan pero no se someten. Eso tal vez sea lo bello de nuestra relación.

Cuando lo tomo por el cuello, siento que me acepta porque lo decide, cuando lo monto y le ordeno que trote, siento que él decide hacerlo y no soy yo quien lo domina.

Cuando nos damos cuenta de eso es cuando conocemos verdaderamente al caballo y sentimos lo que hay que sentir. Hay una relación entre dos seres y lo que se haga se hará a partir de lo que uno propone y el otro decide.

Aflojar el cuerpo y que él empiece a trotar es porque él siente lo mismo y quiere hacerlo y hacerle sentir que quieres correr sin hacer nada y que él se suelte al galope es lo más bello, porque sientes que él disfruta ese momento.

Él quiere correr contigo.

No hay un trabajo para hacer, no hay un temor que lo dispare, es solo que él y yo queremos correr y creo que él siente lo mismo, que a los dos nos gusta correr solos, pero en ese momento queremos y nos encanta correr juntos.

La ciencia es maravillosa si es contemplativa de lo creado.

Si lo modifica se equivoca. Ya no confía en el diseño del creador.

Abrir mis ojos puede ser cierto si lo hago contigo Señor.

Si miro sin ti no veo, no observo.

Si miro contigo veo, observo y si además soy tuyo, contemplo.

Uno de esos días que estaba en el mar, el pez rojo me preguntó cuánto te necesitaba yo a ti Señor.

Le expliqué que se imaginara por ejemplo lo que sería el mar sin el salto del delfín, el ímpetu del tiburón o el romper de las olas.

Me contesto que había entendido.

Entonces le dije: ahora imagínate el mar sin agua y recién ahí alcanzarás la verdad.

Había una vez: nosotros, hoy ( post-postmodernidad):
 

Un pueblo creía en que había cosas que estaban bien y otras mal.

Lo habían heredado de pueblos antiguos a los que les había costado milenios ordenar…

Pueblos antiguos que además tenían las religiones, que los hacía siempre tener la vista alta, en el cielo, siempre buscando elevarse, alcanzando muchas veces hacer más pura a la humanidad.

Un día éste pueblo empezó a prestar atención a algunas cosas que antes eran simples herramientas o medios; la ciencia por la ciencia, lo material por lo material, el reconocimiento por el reconocimiento, en definitiva “él” por “él”.

Hoy llegó al extremo de querer todo lo que se le ocurra y porque sí.

Comenzó a creer que ser hombre es satisfacer caprichos .

Comenzó a creer que eso era ser libre y que eso lo haría feliz

Ultimamente tal vez a alguno de ese pueblo ya le esté pareciendo que no llena su interior, pero es tan orgulloso que no quiere reconocerlo y desdecirse.

Ese pueblo entonces, es el que corre trás lo material, el sexo, adicciones, esteticismos, rodeándose entonces de ídolos y siendo también ególatras.

Hoy ese pueblo tiene adultos que buscan y persiguen lo vacío ¿y piden jóvenes profundos?

Ese pueblo que solo compra cosas, que solo busca el erotismo con una vuelta más, ese pueblo que solo quiere ser aplaudido aún sin ningún mérito, es el que dice no entender por qué no sabe educar.

Ese pueblo deberá convertirse; debe clamar que un pueblo mayor lo abofetee para hacerlo reaccionar y lo haga otra vez mirar hacia arriba y ya no más su ombligo y reconocer que elevarse y trascender es lo que hace grande al hombre, podrá entonces volver a encontrarse.

Ese pueblo es el que hoy no sabe qué hacer con sus hijos. No sabe como formarlos. Piensa que nada tiene que ver el haber dado la espalda a su historia que es la de la humanidad.

Piensa que nada tiene que ver que los padres y los educadores de hoy corran atrás del tener y del satisfacerse, y lo tenga como su objetivo y consuman eso, hablen de eso y actúen según eso y pretendan que sus hijos no sean producto de lo que ellos son.

Nadie va a transmitir al otro lo que no es, lo que no hace y lo que no cree.

La línea. El encuentro con lo Otro:                     ( surf ?)
 

Una vez más la línea lo atrajo y encendió su interior hasta desbordarlo.

Ese entusiasmo otra vez le hacía disfrutar de todo lo que debía preparar para ese nuevo encuentro.

Cuando llegó al lugar se detuvo sobre ese suelo que se dejaba moldear por sus pies, y dejó que sus ojos, como siempre, siguieran el orden que se le ofrecía.

Primero se dejaría mover y conmover por la danza de la reina a la que llamamos mar, que una y otra vez se elevaría para tocar al rey cielo, con su danza, que llamamos olas, para después admirar el encuentro de ese amigable suelo con el liviano, activo y entusiasta ánimo de la reina.

Y así llegaría una vez más a reconocer el final y el comienzo de ese escenario, que era esa línea; esa línea que siempre estuvo y lo tranquilizaba.

Es la línea donde se encuentra la reina agua con el rey cielo a la que muchos llaman horizonte.

Esa línea le volvía a decir con toda claridad que el sentido de la existencia del ser humano era dejarse llevar por la reina al lugar seguro que es el encuentro con el rey.

Ahora confía su cuerpo sobre lo creado por el hombre, uno de los ejemplos de ejercicio de abstracción y de creación de la que el hombre es capaz, para el encuentro y el diálogo con el todo, que es lo que llaman “ tabla”.

Ese es el momento en el que se detiene el tiempo y su camino hacia el centro del escenario era tan entusiasmado como desde el primer día.

Cuando llegó al lugar que la reina agua le indicaba todo estaba cumplido. Había salido del tiempo y del caos para encontrarse con lo eterno y el orden. Ya lo sostiene la línea, el horizonte.

Después de tomarse el tiempo necesario para agradecer el poder estar ahí, quedó atento a lo que la reina agua quería decirle, mostrarle y ofrecerle; era su descender y su ascender para tocar al rey cielo, para volver a descender más pura y fuerte y volver a ascender dejándose atravesar por la luz.

A esa danza la llamamos olas.

Cuando él sentía que debía seguirlas, sus fuerzas ya no eran suyas, sino del viento que soplaba en su interior y uniéndose a la reina, debía entenderla, conocerla, admirarla y seguirla. Él había aprendido lo más importante: se le ofrecía una relación con el todo y cuando era el momento podía simplemente dejarse sostener y arrullar como un niño en los brazos de su madre o aceptar libremente seguir a las olas que se le ofrecían, a las que debía escuchar para poder responderles y así correr juntos, acompañados por el viento para acercar un poco de la belleza de su relación al mundo.

Cada encuentro era único e irrepetible, pero lo que nunca cambiará es esa línea que para él es la síntesis perfecta de toda la existencia.

Los que somos por debajo de esa línea, no somos cielo, pero podemos tocar al que es por encima de ella y talvez un día, unirnos a Él para siempre.